martes, 7 de agosto de 2007

Montaña

Un paso y mil más, esfuerzo, cansancio, un poco de dolor; determinación. Un ascenso en solitario, un riesgo grande, calculado.
Y tú, fría, ignorándome, castigándome con la helada ventisca de tu indiferencia, con la fría nevada de tu desprecio.
Nuevamente, una colina, piedras, arena, la tranquilidad y esa sensación de soledad.
Las nubes, los truenos, los rayos, y el viento, ese viento que destruye, ese frío que hiela, el granizo y la nieve.
Una ruta inescalable, peligrosa; irresponsable. Una noche demasiado fría, peligrosamente tormentosa.
Pronto, la inquietud de los factores, la decisión de dar la vuelta. Solo, de subida, solo, de bajada. Retirada; la montaña permanece, prefiero conservarme la oportunidad de volver.

Gracias por la enseñanza, gracias por tu grandeza.


lunes, 23 de julio de 2007

Reconquistando las montañas, parte 1

Me desperté a eso de las tres de la mañana. Siempre, la noche antes de una expedición, por simple que sea, no puedo dormir. Completamente despierto, vuelta y vuelta en la cama, recontando una y otra vez lo que llevaba en la mochila, mentalmente recorriendo la ruta, revisando el detallado algoritmo de todo lo que había que hacer, enlistando la cantidad de detalles que podrían salir mal, y sobre todo, repasando lo que tenía que hacer para que todo saliera bien. Finalmente, a las 6, el ansiado sonido del despertador. Un regaderaso, tres platos de cereal, tomar el taxi, y el metro. Impresionante cantidad de gente viajando por el subsuelo un sábado a las 7 de la mañana, y las curiosas miradas que recibes cuando cargas una mochila de montaña.
Puntualmente a las 730, llegaba al metro Blvd. Puerto Aéreo, lugar del encuentro acordado con Alfredo González. No había tenido el gusto de conocerlo antes, pero no fue muy difícil de encontrar. Así, tras un breve saludo y las últimas bendiciones de su madre que lo acompaño hasta la parada del camión (la mía dejó de hacerlo hace tantas expediciones) partimos hacia San Rafael, para iniciar nuestra caminata. El camino fue muy bueno y tuve tiempo de conocer mejor a Alfredo. Fue bastante arriesgado aventarnos a hacer una caminata tan agresiva sin conocernos, hay muchas cosas que pueden no funcionar, pero para mi era parte de mi entrenamiento como guía. Finalmente, a las 9 llegábamos a San Rafael, y tras unos breves ajustes a la mochilas comenzábamos la caminata.
Empezamos a subir por una ladera bastante empinada que asciende junto a un tubo de agua instalado durante el Porfiriato para llevar agua del deshielo hasta el valle de Chalco. Para mí, esa subida es la parte mas difícil del ascenso, es un tramo muy inclinado, lodoso, con mucha vegetación y muchísima humedad. Subimos el tubo a un excelente ritmo, llegando al primer puesto de quesadillas en muy poco tiempo. De aquí, seguimos el ascenso por una serie de caminos anchos y veredas que suben la ladera boscosa hasta Nexcoalango. El bosque estaba lleno de neblina y ese fabuloso olor a vida húmeda que tan intensos recuerdos me trae.
El ritmo de nuestro ascenso era excelente, yo estaba impresionado por la condición de Alfredo, y un poco preocupado por encontrar el ritmo preciso para que no se cansara a la mitad del camino cuando la altitud comenzara a hacer efecto. Fue aquí que nos topamos con Abraham, hombre pesadamente tartamudo y excelente persona, que subía para supervisar el entrenamiento de una brigada de Socorro Alpino. Nos hicimos compañía con este interesante hombre de ancho pecho, abundante pelambre y espesa pronunciación, cruzamos algunas anécdotas, nos reímos y nos hizo, de alguna extraña forma, más ameno el ascenso. Un par de horas después de haber comenzado nuestro ascenso nos sentamos a comer el lunch, preparé unos pequeños sandwiches de spam con queso que Alfredo y su servidor gozosos engullimos.
Algunos minutos después de haber reiniciado nuestra caminata llegamos a Nexcoalango, lugar de unos grandes tanques de agua que colectan el agua de deshielo para muchos pueblos del valle, pero mucho más importante, lugar de las quesadillas de la Victoria, que le prometí a Alfredo disfrutaríamos a nuestro regreso de la cima. Llevábamos una hora y media de ventaja de acuerdo a nuestro itinerario, y un ritmo muy respetable. Hasta aquí nos acompañaría Abraham, así que tras un breve y efusivo saludo a mis viejos amigos de las quesadillas, continuamos nuestro ascenso. Eran las once y media de la mañana y ya nos encontrábamos a 3500 metros.
Continuamos nuestra caminata, muy contentos por el excelente tiempo que llevábamos, y yo muy tranquilo por las condiciones climáticas; unos 12 grados, poco viento y nubes altas. Era claro que habría precipitación pero también que esta sería hasta el anochecer. Tomamos por un rato la vereda que asciende por Loma Larga, y luego continuamos un tramo a campo traviesa. En verdad disfruto caminar a campo traviesa. En esta parte del ascenso es muy marcada la transición de bosque a bosque de coníferas, el olor de pinos inunda el aire, y la vista se llena de flores moradas. Seguimos ascendiendo, con el cansancio poco a poco sumándose y con las cada vez mas frecuentes paradas para recuperar la respiración, pero los ánimos mas altos que nunca. Así llegamos al refugio destruido de Láminas, y seguimos por una vereda que continuaba por la derecha.
Conforme pasábamos el refugio, me entró la duda, le comenté a Alfredo que según yo la vereda seguía por el otro lado del refugio, pero supuse que tantas otras montañas y hacía mas de un año de no recorrer esas rutas me habían confundido, y seguimos hacía el sur. Avanzamos y avanzamos, y nos despedimos de los últimos árboles, habíamos cruzado ya los 4000 metros.
A partir de ahí el terreno sería rocoso, arenoso y dibujado por pastizales alpinos. Continuamos subiendo y junto con nosotros subía una densa neblina. Algo así como una hora después, me inundó una sensación de que algo no estaba bien, algo me decía que íbamos por la ruta incorrecta. De pronto el cielo se cerró completamente y comenzó a granizar. Nos pusimos las chamarras impermeables, y nos sentamos bajo una gran roca. Las nubes fueron arrastradas por una fuerte y continua corriente de viento, y de pronto el cielo se despejó.
Frente a nosotros, con todo su esplendor, el pecho del Iztaccihuatl se dibujaba contra el cielo azul, unos mil quinientos metros mas arriba. La vista gloriosa me indicaba dos cosas, sin duda esta montaña era hermosísima, y, definitivamente, íbamos por la ruta incorrecta. Tenía dos opciones, descender por el camino recorrido y retomar el sendero correcto, o circundar la montaña hacia el norte a campo traviesa y a mas de 4000 metros de altitud.
Subí una loma para hacer un reconocimiento, porque sabía que el terreno hacia el norte estaba marcado por verticales caras rocosas que serían difíciles de desescalar para un neófito. Visualicé la ruta que habríamos de tomar y regresé para evaluar a Alfredo. Era evidente que estaba cansado, pero no noté nada preocupante, y decidí que nos iríamos por la aventura. El clima era excelente, y sabía que dejando a un lado lo cansado, sería una travesía hermosa y muy disfrutable. Estaba consciente que sería muy cansado para él, pero no había duda de su excelente condición y su inigualable entusiasmo.
Así, con el cielo ahora despejado nos aventuramos, recorriendo las laderas del Izta. Desescalamos un par de paredes rocosas, subimos y bajamos un algunas laderas, y un par de horas después ya estábamos cada vez mas cerca de nuestro refugio. Avanzamos más y finalmente vimos el teyotl, que es una montaña por mérito propio, pero que junto a la imponente cabeza de la mujer dormida parece poco más que un cerro. Finalmente, tras una última y muy agotadora subida, llegamos al refugio.
Eran las 7 de la noche, habíamos ascendido ya 10 horas. Dentro del refugio habían tres personas más, un padre con sus dos hijos. Descansamos un rato y luego nos dispusimos a preparar la cena. De cena, para recompensar a Alfredo por su excelente esfuerzo y disposición, preparé espagueti al pommodoro, con spam y queso. Fue una excelente cena que acompañamos con un poco de té. Así, después de cenar nos dispusimos a descansar, preparamos los detalles para el ascenso del día siguiente, y nos recostamos. Afuera granizaba, luego llovía y luego nevaba, pero no había mucho viento ni frío. Habíamos calculado el agua perfectamente, teníamos un litro para la noche y otro para el día siguiente.
Mientras descansábamos llegó un grupo de 6 escaladores, y todos preparaban la cena. Finalmente, a eso de las 10 de la noche el refugio quedó en silencio, salvo aquel del viento afuera y los intensos ronquidos de algún despreocupado montañista.
La noche transcurrió tranquila, con el obligatorio y frío par de visitas al baño y con la revisión del clima a las 4 de la mañana. Había nevado algo en la noche, pero nada serio. A las 5 de la mañana y casi en sincronía con el grupo de 3 otros escaladores, sonó mi despertador. Decidí que aún era muy temprano y que debíamos salir a eso de las 6 de la mañana para estar en la cima a las 7 y ver el amanecer con todos sus tintes. A las 545 nos levantamos, mientras Alfredo se preparaba yo calentaba nuestro apetitoso desayuno de avena y galletas. Comimos, y puntuales a las 6 salíamos del refugio. El escalador padre y sus dos hijos, una hora después de haberse levantado, aún seguían preparándose.
Comenzamos el ascenso. Era evidente que Alfredo estaba cansado, cada vez paraba más a recuperar el aliento, y había despertado poco platicador. También estaba algo tenso por nuestra ruta entre las piedras, pero yo trataba de alivianarle el ascenso. Finalmente, a las 7 de la mañana poníamos pie sobre la cima del Téyotl, habíamos alcanzado ya los 4660 metros!
Mi amigo permaneció varios minutos en silencio, contemplando las últimas luces de la ciudad a lo lejos, y los nacientes tintes de colores en las nubes sobre nosotros. Permanecimos en la cima una media hora, contemplando, gozando, absorbiendo la vista, y pensando en la magnificencia de la naturaleza, en lo mágico de este paradisíaco lugar a 10 horas de caminata de la ciudad. La cima es siempre un lugar glorioso, es un reflejo del esfuerzo, un lugar para la reflexión, un lugar al que solo llegas paso a paso, y venciendo tus propios demonios y sacudiendo tus dudas. Al llegar, te preguntas que haces ahí, pero todo tiene sentido, estas ahí por ti, por los tuyos, por todo lo que cargas contigo. Es un lugar de extremos, de absolutos. Compartí algo de esto con mi amigo que ahora experimentaba su primer cima.
Tomamos las fotos reglamentarias, y luego comenzamos el cauteloso descenso.
Antes de las 8 estábamos en el refugio, donde el padre y sus hijos recién salían a intentar ascender al pecho por el cuello, una ruta larga y relativamente peligrosa. Empacamos nuestras cosas y a las 8 comenzábamos el descenso. Bajamos rápido, disfrutando de largos tramos a campo traviesa. Pronto estábamos ya de vuelta en el bosque, y a las 11 llegábamos a Nexcoalango. Ahí disfrutamos las prometidas quesadillas, yo comí una de queso, una de tinga, una de hongos con queso, y una de picadillo. Necesitaba reponer las calorías perdidas, y celebrar el éxito de nuestro ascenso.
Tras una breve pausa gourmet, continuamos la bajada y a la 1 pm estábamos de vuelta en el Pueblo, el dulce sabor de la civilización. A la 1:15 tomábamos el camión de regreso, y a la 130 estábamos ya en la parada del metro. Tomamos un taxi, y así, sucios, con las piernas cansadas, oliendo mal y odiando nuestras mochilas dábamos por terminada esta excelente expedición. Una expedición en la que todo fue de maravilla, y como la que desearía, pudiera ser cada viaje.

Dos semanas después intentaré ascender el Iztaccihuatl hasta el pecho, aún no sé porque ruta.
Manténgase sintonizados para el relato de ese intento a la cima.
Saludos

Eduardo

lunes, 9 de julio de 2007

Estaba de pie, ahí, frente al espejo. La sangre brotaba de la herida sobre mi ceja, y resbalaba a gotas llenas de color por mi nariz, bajaba por mis pómulos y se acumulaba en gotas temblorosas en el borde de mi barbilla.
La sangre, roja fuente de la vitalidad. Escandaloso recordatorio de mi fragilidad.
Mis manos, rojas, deslavándose bajo el chorro de agua del lavabo. Todo fue tan rápido, un movimiento, una esquina, el dolor, y la cálida humedad. Un golpe francamente torpe, patético, y en el piso las gotas del rojo líquido, del espeso fluido. Me lavé, y la sangre seguía brotando. Finalmente, una gasa, un poco mas de sangre, y una herida que pronto será cicatriz.

Entrega 1

Subió el último escalón que separaba la pequeña puerta de entrada de la calle. De alguno de los bolsillos de su pesada chaqueta verde de gabardina sacó la llave, la insertó en el cerrojo con una precisión milimetrica y una frialdad tan sorprendente como brutal. Giró la llave y abrió la puerta, con una pesadez extraña que parecía inundar todo en esa noche lluviosa. Avanzó por el pasillo con unos pasos lentos, pesados y casi automáticos, tras él, la puerta se cerró. Lentamente, sin cambio alguno en su velocidad, ascendió escalon por escalón los cuatro oscuros pisos que llegaban a la entrada de su hogar.
Una vez ahí, tomo con su grande mano el pomo de la puerta y lo giró metódica y precisamente hasta que la puerta se abrió. Entró a su húmedo apartamento, cerró la puerta y lentamente puso llave. Una, dos, tres veces giró la llave, la retiró y la colocó en el mismo bolsillo de su chaqueta verde de donde la sacó. Caminó unos pasos hasta estar detrás del banco en la barra frente a la estufa. Se quitó la pesada chaqueta verde y la puso, aún escurriendo gruesas gotas de la lluvia que hacía tres días asotaba la ciudad dia y noche, sobre el respaldo del banco. Con la misma pesadumbre que lo envolvía esa noche, caminó unos pasos alrededor de la barra que separaba la cocina del comedor, y entró en su pequeña cocina azul de azules y pulcros acabados.
Con su mano tomó la última pera que quedaba sobre el canasto de la fruta. La llevó a su boca, y la mordió, fuerte y fríamente. Por su quijada resbaló el espeso zumo de la fruta, elevando un dulce aroma que lo transportó de vuelta a su niñez de soleadas tardes en el pasto, de cazar liebres cerca del cobertizo con el rifle de su tio, su infancia de ropa sucia y pantalones con rodillas rotas y parchadas y vueltas a parchar. Fue tan intensa la sensación del aroma, que no supo cuanto tiempo pasó así, reviviendo tantas y tantas tardes de nadar en el lago, de la soleada mesa de la cocina con olor a carne y fruta en la gran cocina de la abuela, de la soledad....

miércoles, 4 de julio de 2007

To my dear Friend:

When someone believes in a friend is somewhat like peace on earth, you have so much confidence in one single guy that you can almost close your eyes and see himself attending to your very funeral; when friendship becomes so damn important it doesn’t matter how far brothers are, you can always trust he thinks of you at least once a day, doesn’t matter he only remembers your face in a spot of a memory flash, doesn’t matter he just remembers your name… what truly matters, is that he wishes to be spending time with you in a party , watching a movie, studying in the university outside’s bench, crying because he misses so much his girl or whatever comes by… in this life we’re running out of true friends, and I believe, with all my heart, that you are one of them…. Just for making your life a bit better and to presume that you have a friend that eventually became your brother.
Give my best to your family.

Marcos Mora Magaña.

martes, 3 de julio de 2007

Perfume, II

Una vez más, llegó a mi la profundidad de tu perfume.
Me tomó de sorpresa, como un huracán, y me arrastró a las profundidades del recuerdo.
Quiero volar, en el la tormenta de la memoria, dejarme llevar por los brazos de tu perfume.

sábado, 30 de junio de 2007

Recently read

Sometimes fate is like a small sandstorm that keeps changing directions. You change direction but the sandstorm chases you. You turn again, but the sandstorm adjusts. Over and Over you play this out, like some omnious dance with death just before dawn. Why? Because this storm isn't something that blew in from far away, something that has nothing to do with you. This storm is you. Something inside of you. So all you can do is give in to it, step right inside the storm
( my suggestion: opening your eyes, and stretching your hands so big they feel like exploiting. Sand pours in through your eyes, through your ears, through your mouth. But it does not hurt, for you are sand, for you have always been. And right when you stop fighting and battleing the storm, fighting and resisting yourself and your inner force, you suddenly feel lighter. Something has changed, for now you have given into yourself, you have given in to your will, and in to your destiny. No more fighting, no more pain. Light starts glowing from within, flowing through your arms to your fingertips, through your back to your legs and your toes. Light shines from all your extremities, it escapes through your eyes, through your mouth, for you are light, for the fighting is over, and you are you. The quest ends, and existence, in the most profound of senses, just begins.)

(the author's: closing your eyes and plugging up your ears so the sand doesn't get in, and walk through it, step by step. There's no sun there, no moon, no direction, no sense of time. Just fine white sand swirling up into the sky like pulverized bones. That's the kind of sandstorm you need to imagine.)

Haruki Murakami, Kafka on the shore

viernes, 29 de junio de 2007

De pie, sobre un estante en mi librero, habita un reloj.
Dentro, un sinfin de pequeños y bailarines gránulos de arena, se amontonan y apretujan, esperando cada uno su momento de pasar por el embudo y estar ya, del otro lado. Cada uno anhela, impaciente, su momento de dejar de ser futuro, atravesar por un instante el tunel del presente y estacionarse por una vuelta mas en el bajo cono del pasado.
Interesante travesía la del gránulo de arena, que emocionado se amontona y se precipita, se estaciona, y espera su siguiente aventura. Asi, un giro a la vez, pasan los minutos, los meses.
Yo creo que mi reloj tiene truco, pues pasa segundo y segundo a la vez, pero no llegan los meses.
Espero, se acelere, para llegar más pronto, a nuevas aventuras, a un giro mas.

jueves, 28 de junio de 2007

About you; bis

Weeks go by;
and round and round
and past and past
and doubt and doubt.
Time and time
and doubt and doubt.
A couple mails,
a dozen lines.
Exciting news,
a dozen smiles.
Some other news ,
perhaps, this time, you will not smile,
I've made my mind, I've chose a path.

Sentado, en una banca

Miraba sus manos, entrelazadas, con la misma impecable concentración con la que un mago observa algo para hacerlo levitar ante la sorprendida mirada de la audiencia que solo busca algo en lo que creer. Ni siquiera parpadeaba, estaba ahí, en esa fría banca, observando profundamente cada hendidura, y cada pequeño relieve de sus manos.
La gente pasaba a su alrededor, algunos corrían, algunos hablaban en sus pequeños teléfonos, (Siempre se preguntó que cuantas palabras vacías de significado recorrían los hilos invisibles entre todos los teléfonos de la ciudad, ese día había estimado que cuatrocientosveintidosmilseiscientostreintaynuevemillonesdoscient
osseismilsetescientasdoce) algunas parejas caminaban tomadas de las manos, otros caminaban con una correa de algún perro en una de las manos, mientras que algunos más llevaban tomados de las manos a sus pequeños hijos que algún día dejarían de ser pequeños y entonces en pos del aprendizaje comenzarían a hacer un error tras otro de tal forma que relativamente pronto se volverían insoportables y tendrían que ir al colegio y seguir creciendo y hacerse de sus propios tenis de correr y sus propios perros y sus propios amigos y sus propios novios y novias con los cuales caminar tomados de la mano y sus propios hijos los cuales llevarían alguna tarde nublada y fría a caminar por un parque donde talvez habría un hombre sentado en una banca contemplando profundamente cada hendidura de sus manos de forma tal que al verlo se preguntarían que tanto de interesante puede haber en unas manos, las mismas manos que siempre has tenido, pero no recordarían las horas y las horas que pasaban viéndolas cuando eran bebes sin darse cuenta que tambien alguien más, un poco mas viejo que ellos, se preguntaba que que tanto pensaría un bebe que se mira las manos tan fija e intensamente.
Y permaneció ahí, sentado en esa banca fría. Descubriendo, con gozo, cada pequeño detalle y cada minúscula fisura de sus manos. Las adoró profundamente, porque las manos, mejor que cualquier otra extremidad, le ofrecían el retrato perfecto del paso del tiempo sobre un cuerpo. Permaneció ahí, perplejo en el misterio del tiempo, en el misterio de la existencia, tan simple como una mano que envejece, se arruga y se llena de trazos, pero que permanece, se dobla y puede tomar una taza, o un martillo. En fin, permaneció absuelto en sus pensamientos, completamente abstraido por la infinita gama de posibilidades que cuatro dedos paralelos y uno opuesto, el fantástico pulgar oponible le ofrecían. Basicamente, ese sencillo y magistral diseño le ponía todo lo que veía a su alcance. Y permaneció ahi, contemplando, estudiando, recorriendo y memorizando cada trazo, cada sombra y cada borrón de sus manos. Ah, sus manos, si tan solo las pudiera hacer levitar.

Salsa

(tan torpe como mis movimientos)
Sonando a cuatros y bailando a tres
tu cuerpo al compás, vienes y vas
te siento ya, por un tiempo más
una trompeta ahora un timbal
bailamos salsa, vente pa'cá
bailamos, bailamos, bailamos mas
un ritmo suave, un swing brutal
bailemos salsa, salsa na má

martes, 26 de junio de 2007

Lampara


Mi lampara favorita, bamboo.
Moso Pendant by designer Brian Schmitt.

domingo, 24 de junio de 2007

De Partidas

Todo había sido tan simple; unas palabras, un par de besos, una promesa de re-encontrarse pronto en algún otro lugar, su andar hacia la línea de seguridad, y, finalmente, su partida más allá de donde él podía seguirla con la mirada, deseando que por alguna razón tuviera que quedarse de último minuto por algunos días más. Cuando la perdió de vista, él caminó hacia los elevadores, y se dirigió al piso tres. Pagó el estacionamiento, y abordó su carro. Lo encendió y el radio continuó tocando la canción que desde siempre había sido de ellos (de ella, más bien, pero él siempre la recordaba cuando sonaba esa canción y ella siempre sabía que él estaba pensando en ella cuando, en algún otro lugar, escuchaba esa canción, y se sentía querida) y que habían escuchado hasta justo antes de su partida.
En ese momento, se descubrió profundamente sorprendido por la intensidad de los hechos recientes. Había estado ella apenas unos días en su ciudad, en el lugar que era, para él, al mismo tiempo suyo y ajeno, y del cual, francamente, se sentía tan atraído como desilusionado. Algunos días en los cuales todo se había vuelto tan simple, tan mágico y tan natural, que no tuvo tiempo de pensar que significaba todo aquello. Nuevamente se preguntó para sí, ¿Porque había venido ella? Pero la respuesta era, ya para ese momento, tan intrascendente como evidente, por lo menos para muchos de sus amigos que así se lo habían dicho. Lo importante era la intensidad, y todo lo mágico de aquellos días de lluvias y de ciudad y de encontrarse una y otra vez perdido en el profundo azul de sus ojos.
Se preguntó si algo había cambiado. Rápidamente, pero con una profunda precisión de detalles, recapituló en su mente su historia juntos; las fiestas interminables del primer año, las cosas de ella que le molestaban, la intensidad del segundo año, la debilidad que siempre había sentido hacia ella, la vez en la que ella le había llamado porque lo necesitaba para llorar sobre su hombro, la frialdad de la lejanía, la forma en la que huía de ella después de aquel otro desconcertante pero necesario episodio de una noche de invierno, el aceite para masajes, y un torrente sinfín de recuerdos construidos en dos años de intensidad pura que uno tras otro le inundaron. La respuesta le vino simple, si, mucho había cambiado, entre ellos, y dentro de cada uno, pero ésto que para ambos resultaba sorprendete y fascinante, ahora, le pareció un resultado completamente natural y esperado de su camino.
Puso la reversa, y, mientras maniobraba para salir del estacionamiento, se descubrió profundamente emocionado del reencuentro. Tenía esa sensación de que esto iba a ser algo muy bueno. Sonrió.

jueves, 21 de junio de 2007

Tu perfume

Caminando por la calle
al dar la vuelta, por ahí
en alguna esquina, sentí
el profundo vendaval de
la estela de tu perfume.
Sentí, el eco de tu ser,
te renombré en la memoria.
Seguiré y perseguiré
la senda de tu perfume.

Personal

Necesito:
-Dejar de sobrepensar las cosas
-Dejar de preocuparme
-Re-aprender a entregarme
-Sonreir más
-Ser menos materialista
-Ser humilde
-Trabajar menos
-Dejar de obesionarme por el éxito
-Acercarme a mis amigos
-Recuperar el cool
-Dejar de sobrepensar las cosas
-Dejar de preocuparme