domingo, 24 de junio de 2007

De Partidas

Todo había sido tan simple; unas palabras, un par de besos, una promesa de re-encontrarse pronto en algún otro lugar, su andar hacia la línea de seguridad, y, finalmente, su partida más allá de donde él podía seguirla con la mirada, deseando que por alguna razón tuviera que quedarse de último minuto por algunos días más. Cuando la perdió de vista, él caminó hacia los elevadores, y se dirigió al piso tres. Pagó el estacionamiento, y abordó su carro. Lo encendió y el radio continuó tocando la canción que desde siempre había sido de ellos (de ella, más bien, pero él siempre la recordaba cuando sonaba esa canción y ella siempre sabía que él estaba pensando en ella cuando, en algún otro lugar, escuchaba esa canción, y se sentía querida) y que habían escuchado hasta justo antes de su partida.
En ese momento, se descubrió profundamente sorprendido por la intensidad de los hechos recientes. Había estado ella apenas unos días en su ciudad, en el lugar que era, para él, al mismo tiempo suyo y ajeno, y del cual, francamente, se sentía tan atraído como desilusionado. Algunos días en los cuales todo se había vuelto tan simple, tan mágico y tan natural, que no tuvo tiempo de pensar que significaba todo aquello. Nuevamente se preguntó para sí, ¿Porque había venido ella? Pero la respuesta era, ya para ese momento, tan intrascendente como evidente, por lo menos para muchos de sus amigos que así se lo habían dicho. Lo importante era la intensidad, y todo lo mágico de aquellos días de lluvias y de ciudad y de encontrarse una y otra vez perdido en el profundo azul de sus ojos.
Se preguntó si algo había cambiado. Rápidamente, pero con una profunda precisión de detalles, recapituló en su mente su historia juntos; las fiestas interminables del primer año, las cosas de ella que le molestaban, la intensidad del segundo año, la debilidad que siempre había sentido hacia ella, la vez en la que ella le había llamado porque lo necesitaba para llorar sobre su hombro, la frialdad de la lejanía, la forma en la que huía de ella después de aquel otro desconcertante pero necesario episodio de una noche de invierno, el aceite para masajes, y un torrente sinfín de recuerdos construidos en dos años de intensidad pura que uno tras otro le inundaron. La respuesta le vino simple, si, mucho había cambiado, entre ellos, y dentro de cada uno, pero ésto que para ambos resultaba sorprendete y fascinante, ahora, le pareció un resultado completamente natural y esperado de su camino.
Puso la reversa, y, mientras maniobraba para salir del estacionamiento, se descubrió profundamente emocionado del reencuentro. Tenía esa sensación de que esto iba a ser algo muy bueno. Sonrió.

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